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Noir.

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Y es así, tan de repente, que caigo y me desenvuelvo en una historia prestada. Un cuento de humanos, sin hadas ni duendes. No le tenemos miedo a la oscuridad, ella nos pertenece, la manipulamos a nuestro antojo y hacemos que ella confíe en nosotros.  Somos nosotros los amenazantes, los villanos de esta historia. Dominamos el tiempo y nos adueñamos de los detalles y los grabamos, la caricia pública prohibida que realizamos a media luz. Nos entregamos y juramos solemnemente no hacer daño, no tanto, y nos tropezamos con los recuerdos que dejamos amarrados a esos lugares. Pero, es que hasta me enamoro del aire que separa su piel de mi piel. Del pedacito ajeno que no nos pertenece y, mientras, le arrebato las miradas que él le lanza a las demás con un beso de promesa, promesa que doy más tarde.  Y me sumerjo en la noche, en la oscuridad tan respetada, me entrego a ella y me dejo llevar. Y de repente, amaneceres que llegan sin avisar, y en sus cabezas y en sus cuerpos aún qu...

Un día de estos...

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No nos damos cuenta del efecto o la conmoción que nos provocan las películas de amor. Es que no nos damos cuenta. Los diálogos, la forma tan seductora de cómo se va desenvolviendo la historia, la química entre los protagonistas y jamás olvidemos cómo, poco a poco, van elevando nuestras expectativas. A mí parecer, ese es el problema: el incremento inminente y crucial de nuestras expectativas. Es que se hace importante ese momento en que nuestras expectativas suben, y hasta podríamos alegar que se hace indispensables. Ese sentimiento que todo va a estar bien, que Ryan Gosling o Jim Sturgess vendrán a rescatarnos y llevarnos a Londres, Bombay o Moscú, caminar con la lluvia en nuestros hombros, agarrar un buen resfriado, nos lleven todo a la cama y no salir nunca de la cama, por fin. Es lo que todos queremos: sentirnos parte de la historia de alguien, sentirnos importantes e imposibles para alguien, esa irremediable necesidad de tacto. Y cuando hablo de todos, me refiero a todos, a los...

Por un instante

Hoy ordené mi cuarto. Hoy ordené mis gavetas, mis libros, mis zapatos y mi clóset. Hoy me obligué a ordenar mi mundo exterior para olvidarme del desorden que hay en mi cabeza. Hoy no quiero pensar. Hoy me obligo a ser responsable (vamos a ver cuánto dura esta vez...). Hoy no quiero analizar nada. Hoy me escapo del caos (sólo por un rato) mientras lo observo desde mi ventana. Hoy no me importa ABSOLUTAMENTE nada. Responsabilidad a medias.

Somos.

- Pellízcame. No creo que esto sea cierto. Cantidad de escenas que se han combinado, mezclado y revolcado juntas por la voluntad de cualquier cosa que no sea nosotros. Ahorrando palabras que sólo diremos cuando seamos capturados  in fraganti  haciendo exactamente lo que queremos hacer. Frío que puede haber en nuestras miradas pero nunca en nuestros cuerpos. El olor de la juventud nos mantiene activos, adictos, irremediables. Alérgicos a cosas inevitables. Crueles, pero con el mismo destino. Necesitamos sostenernos de manos, buscar besos escondidos en baúles secretos llenos de memorias. Nos involucramos en dramas, historias, poemas. La ciudad es nuestro parque de diversiones y los que se nos unen son nuestros cómplices, o simples criminales más. Las normas fueron hechas para retarnos y nunca acobardarnos, nunca humillados pero quizás sí de rodillas. “La vida es muy corta”, nos repetimos, “demasiado corta”. El amor, lo hacemos, acostándonos y haciéndole cosquillas al mundo...

Cinq,

Mi carro tiene cinco puestos y siempre ocupo uno. No hay más nadie. No hay más voces. Sólo la mía retumbando contra las ventanas mientras canto una canción. No es que extrañe a nadie ni que quiera compañía, o bueno, por lo menos no todo el tiempo. Pero hay veces que, en serio, quisiera ser yo la que va de copiloto. Quisiera ser yo la que elige la música mientras otro maneja. Quisiera no tener el control de la situación. Siempre. Es agobiante. Exhaustivo. Me gusta el control, no miento, pero no en todo. Hay cosas en esta vida que quisiera que algo o alguien llevaran las riendas. Y yo sólo me dejase llevar.

Alexitimia

No, no. Te explico. Yo no escribo para ti, yo no escribo pensando en ti. No. Yo escribo pensando en lo que siento, me enamoro de lo que soy y me humillo solita ante mí misma. Analizo. Pienso. Vuelvo a analizar. Lo pienso otra vez.  Es divertido y pesado, a la vez y al revés. Me usa, me habla, me cansa, me abusa y me vuelve a usar. El drama, si señor, el drama. No lo vivo, no lo busco, no lo necesito, pero me busca. Me encanta y lo odio, a la vez, como a ti. Te dije, no escribo para ti, pero siéntete aludido. Polémico, todo y nada. Todo es un problema, todo es un caos, todo es ligero, todo se respira. Ambiguo. Lo demando, más no lo necesito. Lo recuerdo, me divierte, otra vez. Tus malas intenciones me las adueñé, tus manías, malas costumbres, también. Es mutuo y no correspondido. Ambiguo y sutil. Secreto. Si, secreto. Sólo yo lo sé y no quiero que lo sepas, quiero que lo sospeches, que te intrigue.  Me haces daño, te lo haces y seguimos. Si, seguimos. ¿Me gusta? Sí, m...

De nada.

"¿Cuál es la diferencia entre la nada y el vacío? El vacío significa que hubo algo y ahora no está. La nada es algo que nunca existió." Ahora, no sé si lo que siento es el vacío de algo o una mera ilusión de la nada. O es que acaso, ¿la mera ilusión no significa que la creé de la nada? Sí, eso es. Algo que nunca existió, pero yo misma creé la ilusión de que si hubo algo. Un vacío de nada.