Un día de estos...
No nos damos cuenta del efecto o la conmoción que nos
provocan las películas de amor. Es que no nos damos cuenta. Los diálogos, la
forma tan seductora de cómo se va desenvolviendo la historia, la química entre
los protagonistas y jamás olvidemos cómo, poco a poco, van elevando nuestras
expectativas. A mí parecer, ese es el problema: el incremento inminente y
crucial de nuestras expectativas.
Es que se hace importante ese momento en que nuestras
expectativas suben, y hasta podríamos alegar que se hace indispensables. Ese sentimiento
que todo va a estar bien, que Ryan Gosling o Jim Sturgess vendrán a rescatarnos
y llevarnos a Londres, Bombay o Moscú, caminar con la lluvia en nuestros hombros,
agarrar un buen resfriado, nos lleven todo a la cama y no salir nunca de la
cama, por fin. Es lo que todos queremos: sentirnos parte de la historia de
alguien, sentirnos importantes e imposibles para alguien, esa irremediable
necesidad de tacto. Y cuando hablo de todos, me refiero a todos, a los ludópatas, ególatras,
éticos, escépticos, lógicos, caóticos, erráticos, insensibles, crueles,
indiferentes, dolidos, vengativos, arrogantes, pretenciosos, jóvenes,
estúpidos.
Somos junkies de afecto, junkies en busca de emociones, junkies que llegamos al Nirvana a través de hora y media de besos, ciudades extrañas, situaciones irreales adecuadas a esos universos paralelos. Ni Jane Fonda ni Anne Hathaway bailaban reggaeton cuando conocieron al amor de sus vidas, ni mucho menos a Jennifer Aniston peleando con autobuses obsoletos ni motorizados que le robaban el celular. Las historias de amor y sus consecuencias.
Hasta las historias nos tocan, los buenos libros van
comiendo poco a poco con esa soledad que nos auto-imponemos y la van
reemplazando con una buena historia y un buen “quizás”. Un quizás que termine
en un “por un tiempo indeterminado” que se juntan con las ganas que todo pase
pronto, siempre tan desmesurados nosotros los soñadores. Siempre corriendo, despertando
pronto para no quedarnos dormidos, trotamos para quemar calorías y luego
corremos otra vez detrás de esa oportunidad que, sólo por esta vez, no hubo
necesidad de inventarnos. Sólo por esta vez. Y por esas otras veces que las
oportunidades las tuvimos que hacer miramos por arriba de nuestro hombro,
sonreímos y con una movidita de cabello como en las películas, seguimos
caminando.
Y de
repente, me golpea en la cara la amarga cachetada de mi infame mundo real.

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