Noir.


Y es así, tan de repente, que caigo y me desenvuelvo en una historia prestada. Un cuento de humanos, sin hadas ni duendes. No le tenemos miedo a la oscuridad, ella nos pertenece, la manipulamos a nuestro antojo y hacemos que ella confíe en nosotros. 
Somos nosotros los amenazantes, los villanos de esta historia. Dominamos el tiempo y nos adueñamos de los detalles y los grabamos, la caricia pública prohibida que realizamos a media luz. Nos entregamos y juramos solemnemente no hacer daño, no tanto, y nos tropezamos con los recuerdos que dejamos amarrados a esos lugares.
Pero, es que hasta me enamoro del aire que separa su piel de mi piel. Del pedacito ajeno que no nos pertenece y, mientras, le arrebato las miradas que él le lanza a las demás con un beso de promesa, promesa que doy más tarde. 
Y me sumerjo en la noche, en la oscuridad tan respetada, me entrego a ella y me dejo llevar. Y de repente, amaneceres que llegan sin avisar, y en sus cabezas y en sus cuerpos aún quedaba tanta noche. Tanto deseo de noche, tanto repudio al día que sin advertencia nos llena de responsabilidades y seriedad.
Día que revela los vicios y fallas, defectos humanos que seducen. Y entre esa multitud tan densa de defectos tengo un talento único para enamorarme de los hombres que sé que no lo harán por mí. La promesa de no tener que caer por alguien, aunque muera por caer. Es tenerte tanto, tenerte cerca, tenerte, pero no tenerte siempre. 
Y dormimos, si podemos. Y nos embriagamos de noche, de luces, de alcohol, de deseo y de palabras. Nos dejamos embriagar, bailamos y reímos. Nos sentamos, con una sonrisa a velocidad prohibida en la boca hasta que amanezca.

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