Cuando sea grande,
El problema con los seres humanos y, específicamente, con las mujeres es que nos creamos un mundo (pequeño y abstracto) en nuestras cabezas que están llenos de creencias, ilusiones, sueños y personas idealizadas. Ahora, cada vez que algo se escapa de este pequeño mundo o alguno de nuestros ideales se modifica, surge la sensación a la que yo suelo llamar: el caos.
En esos determinados momentos del caos donde ves que las cosas no salen como tú quieres que salgan, la gente que tú creías conocer actúan de la manera contraria o cuando simplemente nada te sale bien, o no te sale, y vas observando como ese mundito que tenías se empieza a desvanecer. De repente, todo te da vueltas –tipo Alicia cayendo por el hoyo– y lo que sobreviene al caos: es el mareo. Esa sensación de que todo se mueve bajo tus pies (algo así como tomarte una botellita de vino con tus amigas… luego de haberte tomado unas dos más). Entonces, resumiendo: el caos –todo aquello que se escapa de tu control– sobreviene al mareo –no sabes qué hacer con el caos –.
Ahora, ¿a dónde quiero llegar con esto? Al doloroso proceso de crecer: dos sensaciones que son parte del terrible, largo y eterno camino de la maduración. Sinceramente la persona que aplicó este término a los seres humanos nos condenó a una vida de confusión, al vicio constante de las dudas, al placer de cuestionarnos todo lo que hacemos y sentirnos mal por lo que hacemos, a no saber que está bien y que está mal, a los paradigmas persistentes, a buscar estereotipos en lo qué somos, a una vida esclava del control de nuestras acciones y nuestros pensamientos prohibiéndonos jugar y sumiéndonos en la sensación de que todo lo que hacemos es importante. La responsabilidad que nos corresponde al crecer cada día se hace más grande y, en ciertas ocasiones, nos hace la vida más corta y más pesada.
Pero, ¿por qué? ¿qué clase de egoísmo disparatado nos creó a los seres humanos? ¿por qué debe ser tan importante “madurar”? ¿no volvemos a caer en el mismo tema de la relatividad de los términos? “Madurar” para ti puede ser muy distinto a “madurar” para mí. Entonces, ¿quién juzga y quién establece los parámetros de maduración? Nadie, tú mismo, en tal caso.
Entonces, yo me puedo considerar una persona muy “grande” y “madura” si me baño todos los días y cuido 5 hijos provenientes de un matrimonio que empezó a los 20, ¿no? O puedo ser una persona muy “grande” y “madura” si decido que esta vida es muy corta para que me esté dejando llevar por los ideales de esta sociedad de querer organizarnos de una forma tan arcaica y tan poco feliz que lo que provocará es que dentro de 20 años sea una persona frustrada que no aprovechó su vida como quiso. Ahora se nos devuelve la misma pregunta, ¿qué es madurar? ¿qué implica crecer y ser “grande”?
Es aquí al punto donde quería llegar hace rato. Madurar es saber seguir tus placeres con moderación (esto no significa que tienes que guiarte por lo que los demás te digan, más bien es aceptar tus propios límites) y cumplir tus metas y sueños incluyendo también las situaciones espontáneas que se salen de tu “plan de vida” y que, a la final, le otorgarán más a tu definición de “sentido de esta vida”.
El madurar entra en el mundito que está dentro de nuestras cabezas que si se descontrola, se complica todo. Madurar, en muchas ocasiones, nos crea el caos, el mareo, la frustración y el dolor de no saber qué coño voy a hacer con mi vida. Leyendo todo esto, creo que no quiero madurar.
Quiero guardar mi adulto y sacar mi niña interna y jugar. Jugar a ser grandes, jugar a ser responsables. Quiero aprender a jugar a que nada me importe y que nada tenga ese sentido tan serio que los adultos buscan ponerle a cada una de las cosas que hacen. Quiero jugar a que nada me afecta y a que nada de lo que haga yo, te afecte a ti.
Comments
Post a Comment