Payasos


Hablamos, nos resentimos y nos molestamos con nuestra soledad. Nos enredamos con alguien, nos vengamos con alguien y nos desvestimos frente a alguien, sólo para poder alejarnos y divorciarnos de nuestra soledad. Pero, siempre olvidamos que fuimos nosotros los que elegimos estar solos, los que nos sometimos a la soledad por sus maravillosos beneficios que no dan resultados a largo plazo. 
Llega el día que necesitas que alguien te agarre la mano, que te mire bonito y que te mande el mensajito de texto con las palabras que te encantan y te seducen más y más. Pero.
Siempre hay un pero. Cuando tienes ese alguien, huyes, te tropiezas en la calle con tu soledad besándose con otro más y te dan esos celos horrorosos. Luego, romperás con ese “alguien” y te reconciliarás con tu soledad sólo porque tuviste miedo del cambio y de no sentirte como te sentías antes. 
Y, ¿qué pasa cuando ese “alguien” si era importante? ¿cuándo ese “alguien” era más simpático y mejor en la cama que nuestra soledad? ¿cuándo ese “alguien” si le gustaba compartir las cotufas en el cine contigo? ¿cuándo ese alguien te hacía escuchar canciones nunca escuchaste y ahora las pones hasta cuando te bañas?
Nada, nos hacemos más estúpidos, más idiotas. Tropiezas. Tus oportunidades caminan frente a tus ojos y tú sólo te quedas inmóvil, taciturno, esperando la clave secreta de la que habla Kundera y tu mundo se llene de casualidades.
Y buscas perdón, como un feligrés en confesionario, con quien no debes. Y buscas perdón en el momento inoportuno, cuando te empiezan a olvidar. Y cuando más te odian, cuando el efecto del amor se desvaneció un día después de una ducha y dos tragos de ron. Pendejo.
Y te crees mucho, te crees demasiado, pero eres excesivo. Desbordas y aturdes, rimbombante y complicado. La historia de todos, creo. 

Comments

Popular posts from this blog

Querida Julieta

Se abre el telón: