Pintura a base de aceite


La dulce calma que provoca el sonido del silencio, silencio que me otorga una soledad habitual. Soledad que implica besos al azar, noches dejadas al albur, a la casualidad de tener a algún extraño por conocer al lado. Abrazos que se rompen por el roce obligado de cuerpos jóvenes llenos de ganas, de energía. Energía que se gasta, que gastamos con esperanzas de que se vuelva a repetir.
En la casualidad está el encanto, encanto que si no lo sabemos manejar lo convertimos en fatalidad. Una fatalidad sensual y seductora, que cautiva con miradas, con palabras que cuidadosamente hemos elegido en nuestro deseo de ser queridos.
Es que al fin y al cabo eso es lo que queremos: ser queridos, ser deseados. Por muchos, por unos cuantos, por ellos. Por aquellos que nos hacen difícil el encargo de no ser normales. Porque somos nosotros, los raros, los que hacemos lo posible por no encajar. Cueste lo que nos cueste. Queremos ser amados, odiados. Queremos confundir, otorgarle al otro un caos mental. 
Piénsame, te digo. Piénsame desnuda, vestida, peleando, dormida, corriendo, huyendo de ti. Imagina lo peor, lo mejor, lo eventual. Haz lo que quieras con mi recuerdo, recuerdo que dejaré grabado con aerosol en la parte trasera de tu cerebro. 
Palabras difíciles de remover, pintura que se irá secando con el tiempo.


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