Atemporales
Ya no hay vuelta atrás. Para nadie. Llegamos a un punto que somos lo que somos, y lo que fuimos, lastimosamente ayudó con lo que somos. Pero no podemos volver atrás. No porque no podamos, es que no queremos. Nuestra alma no quiere, ninguna parte de nuestro cuerpo quiere. Tenemos dos opciones, una nueva bifurcación: o aceptamos en lo que nos hemos convertido con todos y sus defectos y sus irracionalidades, lo poco normal y a la vez hermoso o nos frustramos y nos alienamos a esa masa que hace exactamente lo que nunca ha querido.
Lo fácil se torna aburrido, lento, fastidioso. Somos injustos, con nosotros, con los demás. Creemos que somos los primeros y los últimos que estamos frente a la encrucijada de ser hedonistas o conformistas, lo que nos indica el corazón versus lo que nos indica un libro gigante de cosas que hacer para vivir perfectos en una sociedad hipócrita, sucia, mentirosa, la eterna parafernalia insoportable.
Esto es el purgatorio, les digo. No hay cielo ni infierno que nos vaya a salvar del karma indudable que mantendremos el resto de nuestras vidas, todo depende. El problema de esto, la confusión, el depender de una circunstancia, el dilema del no saber qué hacer, eso es vulnerabilidad. Mera vulnerabilidad.
Una vulnerabilidad como estado, como etapa. Una etapa que nunca te avisa cuando llega, y lo que nos queda es traducir esa sensación de sentirse abierto a ser herido, juzgado o humillado a poder sentirse querido, sentirse amado o deseado, y no en el sentido de atracción física, más bien en el sentido de sentir que la gente, los que te quieren, desean estar ahí, por un tiempo más de lo que uno se imagina.

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